Cuando Carolina llegó a la familia se encontró con unos padres entusiasmados por su presencia, asustados e ilusionados a partes iguales, que podían pasarse horas soñando con las grandes cosas que la pequeña alcanzaría en su vida.
No había límites en sus expectativas, y el futuro que imaginaban para ella se antojaba, cuanto menos, apetecible para cualquiera. Antes de que ella tocara tierra (y aunque no lo supiera) había nacido otra persona, nueve meses antes, se llamaba “la hija que queremos que seas”.
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